Quizás sea un poco surrealista ilustrar esta entrada con el cuadro de Dalí «La persistencia de la memoria», en el que el genio de Figueras nos muestra unos relojes blandos o derretidos que se supone que expresan «un símbolo inconsciente de la relatividad del espacio y del tiempo». Al terminar de escribir esta entrada pensé en encabezarla con la fotografía de algún reloj o calendario, cuando me acordé de este maravilloso cuadro que podría expresar perfectamente el tema que vamos a tratar hoy, ya que a mí me puede evocar como se deteriora la organización del tiempo con el paso del mismo y sobre todo con la aparición del Alzheimer.

Todas las personas necesitamos unas rutinas, desde muy pequeños nos acostumbran a vivir de esta manera. Vamos a la guardería o al colegio, desde una determinada hora hasta otra, luego al Instituto, a la Universidad, a trabajar etc. Todo esto conlleva seguir unos horarios a la hora de levantarnos, de asearnos, las comidas o la hora de acostarnos. A todos nos ha pasado que un día nos las saltamos, tenemos una cena y nos acostamos más tarde por ejemplo, y al día siguiente nuestro rendimiento es menor al acostumbrado en cualquier tarea.

Todas estas rutinas nos dan una seguridad, ya que dentro de un orden tenemos un control de lo que va a pasar a lo largo del día, aunque luego puedan surgir imprevistos o directamente decidamos saltarnos esa rutina algún día concreto. Por ejemplo, el fin de semana o estando de vacaciones solemos ser bastante más flexibles, aunque muchas personas establezcan otro tipo de rutinas como ir a las ocho a la playa a clavar la sombrilla en primera línea.

Si para cualquier persona son importantes las rutinas, para las personas que padecen Alzheimer todavía más. Al principio de la enfermedad la mayoría es capaz de gestionarlas. Debemos dejarles que ellos se planifiquen ya que les viene muy bien ya que así estarán mejor orientados temporalmente y favorecerá que mantengan su independencia y autonomía durante más tiempo. Esto supone también un alivio para el cuidador y así podrá evitar la sobrecarga del cuidador.

Los beneficios principales de las rutinas son:

  • Como ya he comentado, lo principal es que ayudan a mantener la independencia y autonomía del paciente ya que puede seguir realizando actividades por sí mismo. Esto les ayuda a que el enfermo se organice por sí mismo y tarde más en olvidar estas rutinas que realiza diariamente.
  • Evita el nerviosismo y la agitación que pueden generar situaciones novedosas que el paciente no controla.
  • Ayuda al cuidador a manejar los tiempos y organizarse mejor.
  • Es fundamental incluir el ejercicio físico y la estimulación cognitiva en sus rutinas ya que ralentizarán el desarrollo de la enfermedad. Además ayudarán a generarle cansancio para que descanse bien por la noche.
  • Todas las actividades que pueda realizar por sí mismos hay que dejar que las haga el enfermo. Ya que si le ayudamos a hacer las cosas que le resultan difíciles pensando que le ayudamos le volveremos más inútil. Según se vaya desarrollando la enfermedad nos daremos cuenta de que hay cosas que ya no puede hacer y le generarán frustración.

Todos estos consejos son generales, dependerá de muchas cosas, como la fase en la que se encuentre el enfermo y del estado del mismo. Como siempre decimos no hay dos pacientes iguales. Por eso es importante que un neuropsicólogo, que conozca al paciente, supervise con el cuidador y le aconseje sobre algunos aspectos de esas rutinas que van a llevar a cabo.

Jaime Naranjo Alcaide. Neuropsicólogo.

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